12 Jun 2014
Todos tenemos algo "políticamente incorrecto" que decir, algún clóset del que salir. Yo, por ejemplo, soy atea.
He tratado de no hacer ruido con esto porque vivimos en una sociedad donde la palabra ateo es casi una marca de maldad. Yo misma recuerdo haber sentido ese breve escalofrío cuando alguien me decía: "soy adventista", "soy evangélico" y aún esporádicamente "soy ateo". Pero este es un tema importante y ya quiero hablar de él.
Mami, no pongas esa cara. Te amo todo lo que mi pequeño universo infinito puede. Tu y papá lo hicieron todo bien, me enseñaron a vivir una vida congruente y eso es exactamente lo que estoy haciendo. Pero hoy tengo la urgente necesidad de ser honesta con mis hijos, aun con la preocupación de que esta noticia te fuera difícil de digerir. Así que ponte cómoda y lee tú también:
Llegar a esta conclusión me tomó largo tiempo y fue un proceso desconcertante pero indoloro. No recuerdo los acontecimientos exactos, aunque muchos pensarían que es necesario un evento traumático para "negarse a la existencia de Dios". No fue así. Crecí en una familia católica, amorosa, buena. Por supuesto participaba en todos los ritos de la Iglesia: misas, retiros, oraciones, música hermosa...
Pero en mi caso y en el de muchos otros ateos, según ahora sé, la disposición natural a explorar la duda se fue colando suavemente en los espacios que dejaron los rituales religiosos cuando recién adquirí mi vida adulta independiente. Tenía una gran cantidad de nuevos asuntos por resolver y por alguna razón siempre parecían tener más prioridad que ir a la misa de 7 del domingo. Esto me hacía sentir sumamente culpable pero, de nuevo, otras cosas tenían más prioridad.
La llegada de los niños no parecía el momento propicio para ocuparme de mis asuntos espirituales pendientes pero había que hacerlo porque, según dijo mi conciencia -mi hermana menor-, "Tú eres una científica y si quieres vivir sin Dios es tu decisión, pero no les niegues a los niños la oportunidad de conocerlo". Me quedé preocupada pero también halagada, pensando en Marie Curie...
Pero Paw es mi consejera más amada así que traté de hacerle caso aunque ya los ritos católicos me parecían cada vez más ajenos. Ya había perdido la cuenta de los pecados pendientes para el confesor, ya había olvidado el orden de la misa y ya había quedado lejos aquella noche en que soñé que alguien me quería hacer entrar a una secta y me puse a recitar el Credo, gritando, toda sudorosa, preocupada, como si mi vida dependiera de eso.
Entonces intenté tímidamente encontrar una nueva espiritualidad investigando abiertamente sobre una y otra religión. Las hay teístas y no teístas, con mayor o menor cantidad de ritos y seguidores, pero no me veía a mi misma practicando ninguna de ellas. A esas alturas ya estaba parada en la línea del agnosticismo ("ni niego ni afirmo la existencia de Dios, es irrelevante") pero quería darme la oportunidad de regresar a los ritos de mi infancia para fabricar para mis niños un marco de crecimiento igual de seguro que el que yo tuve. No pude, ni siquiera me atreví a ir al centro budista más cercano. Francamente me fue imposible buscar esa presencia con la que he visto tantas veces feliz a mamá, en comunión con Dios.
Me pregunté por qué no podía ser yo también así. Qué estaba mal en mí. O más bien qué no estaba mal porque a la par de esa transformación en no-creyente me sentía realmente feliz. Normal, no todo el tiempo, pero si más feliz que antes. Estaba viendo la magia en mis peques y en mí misma. Con mis pequeñas acciones bien reflexionadas y con todas las veces que he fallado y he decidido actuar de otra forma, me sentía cada día más como imagino que fue Marie Curie: pionera, feminista, arriesgada... tal vez me estaba convirtiendo en inventora al fin.
Investigando, escuchando a otros, pero sobre todo reflexionando acerca de lo que para mí realmente es válido y comprobable, llegué a la conclusión de que soy atea. Sólo es una palabra pero esa es la palabra exacta. Ya no más estar parada con un pie a cada lado de la línea.
Me dejé de preocupar por la muerte propia o la de mis personas más amadas. Será dolorosa, mucho, pero llegará tarde o temprano y como bien se dice "hay que estar preparados", en la medida de lo posible. Ahora estoy segura de que nuestras buenas acciones recibirán una recompensa en esta vida y, si lo hacemos bien, también tendrán efecto después de nuestra muerte sobre las generaciones que nos sigan.
Si habré de creer en una siguiente vida sólo será la de mis átomos reconstituídos en millones de nuevos seres y materia inerte: animales, plantas, minerales, aire, otros seres humanos... ¿te das cuenta de la increíble belleza de esto?
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Discretamente se los dije a un par de personas en quien más confío. Creo haber percibido en ellas el escalofrío que yo hubiera sentido hace tiempo ante una noticia así. Una amiga quiso hablar de eso y decidí no seguir el tema por miedo a "herir sus sentimientos", aunque después me di cuenta de que en realidad los sentimientos que he temido herir sólo son los de mi mamá que con tanto empeño me educó en la fe. Más cuando hace unos meses me dijo: "no pueden vivir como si ustedes fueran su propio Dios". Esperaba que me diga eso, yo misma lo hubiera dicho hace unos años. Traté de tranquilizarla diciéndole que no pensábamos así. Lo que quise decir en realidad es lo que acabo de escribir, y quiero terminar con ésto:
Mamá:
Estoy preparada para vivir los cambios que la vida me de. Las pérdidas y las ganancias, la felicidad y la tristeza, la muerte y la vida. Lo haré porque creo en el amor que he recibido y en el que puedo dar a otros, aún en los momentos más difíciles. También porque creo en lo que conozco: la evolución humana y la humilde ciencia manifestada en tantas formas.
Encontré la comunión con la vida que tanto buscaba y estaba en los lugares menos pensados: en el hospital cuando Eva se enfermó y me sentí tan vulnerable, el sábado en la noche mientras los niños dormían, cada jueves en el blog, el día que me arrepentí de gritarle a Nico, cuando les veo a tí y a papá en el retrovisor después de la visita de los miércoles, cada vez que fallo o acierto...
Te amo, mami buena.
Y ya te habías dado cuenta porque tú eres yo y me conoces más que nadie ¿verdad?